Yo quiero tener un minion de amigo

Gru 3. Mi villano favorito os encantará. Tiene una animación brillante y efectiva, un divertido personaje malvado que usa canciones famosas mientras perpetra sus tropelías de adulto que echa de menos sus tiempos de niño famoso y malote, un Gru cada vez más enternecedor que descubre que tiene a un hermano gemelo rico y ¡con pelo!, una niña entrañable que cree en los unicornios y, claro está, los Minions, a los que tan pronto les vemos irrumpiendo en un concurso televisivo de nuevos talento dejando a todos con la boca abierta con su actuación improvisada como haciendo una parodia de las películas carcelarias con fuga incluida que recuerda a Up! Os ocordáis de Up!, ¿verdad? Qué bonita era.

(Niñas y niños: hasta aquí podéis leer. Ahora voy a escribir para los mayores. Ciao, ciao).

¿Qué pasaría si hicieran una secuela de El silencio de los corderos en la que Lecter el caníbal se vuelve un santo y vegetariano? ¿Qué sería de Pesadilla en Elm Street si a Freddy Krueger le cortaran las garras y pasara a ser un cacho de pan? ¿Qué sucede cuando el villano de Gru deja de serlo sin la menor tentación de recuperar sus viejas costumbres? Pues que la cosa deja de tener gran parte de su gracia. Y si a esa pérdida le añadimos un aumento considerable de un sentimentalismo bastante primitivo, las consecuencias son desalentadoras y, por qué no decirlo, levemente aburridas.

Pero los problemas de esta tercera entrega de una saga con interés decreciente (la primera sigue siendo insuperable en su terreno algo estrafalario y caótico, nada qué ver con la perfección sin altibajos de los mejores Pixar) proceden también de una confluencia de tramas que, por su irregularidad, debilitan la estructura hasta romperla. Funcionan bien (salvo la previsible batalla final) los enfrentamientos puros y duros con Balthazar Pratt, el niño prodigio que pasa de ser una estrella del mal a ser una especie de Peter Pan rencoroso y vengativo, y cada aparición de los Minions vale su peso en oro, entre otras cosas porque son los únicos que insisten en conservar a su manera su lado “oscuro” y no dudan en abandonar a su gran jefe cuando éste se vuelve blandito. El episodio de la cárcel es un genial cortometraje en sí mismo. Pero toda la parte en la que Gru se desvive por sus criaturas y su chica hace lo propio por ganarse la medalla de mamá guay es floja y tediosa, y el personaje del gemelo no aporta más que una comicidad poco trabajada y un conato de emotividad demasiado simplón.

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